El 4 de octubre, la Argentina se sumó a la Visión de Kioto para una «Edad Dorada de la Ciencia», una iniciativa impulsada por la Casa Blanca que reúne a 17 países con un objetivo explícito: usar la superinteligencia artificial para acelerar los descubrimientos científicos. Ocho meses antes, el país no había firmado la Declaración de Delhi, el mayor acuerdo diplomático de la historia sobre inteligencia artificial, suscripto por 88 países y organizaciones.
Las dos decisiones, leídas juntas, dibujan un rumbo. Y ese rumbo se vuelve todavía más significativo a pocas semanas de la llegada de León XIV, autor de Magnifica Humanitas, la primera encíclica dedicada a la persona humana en la era de la IA.
La Declaración de Delhi, firmada en febrero con el impulso de la India y el protagonismo del Sur Global, tuvo un espíritu preventivo. Creó el Trusted AI Commons se comprometió a democratizar el acceso a semiconductores y capacidad de cómputo, y priorizó las aplicaciones en salud, agricultura y empleo. Sus compromisos son voluntarios y no vinculantes, pero marcan una dirección: la IA como asunto de gobernanza compartida.
La Visión de Kioto propone otra cosa. Sus 17 firmantes, entre ellos Estados Unidos, Japón, el Reino Unido, Alemania, Italia, Corea del Sur y Chile, se comprometieron a ampliar el acceso de los investigadores a herramientas de IA, datos científicos e infraestructura de cómputo, a crear nuevos mecanismos de financiamiento para la investigación y la formación de talento científico.
«La superinteligencia aplicada a la ciencia será la mayor fuerza democratizadora de la historia para la investigación», sostuvo Michael Kratsios, director de la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca.
Sería un error presentar a Delhi y Kioto como dos bloques enfrentados. Estados Unidos firmó ambos. La Unión Europea, que integran seis de los firmantes de Kioto, también suscribió Delhi. La mayoría de nuestros nuevos socios científicos decidió sentarse en las dos mesas. La Argentina, en cambio, eligió una sola. Ese es el verdadero problema: no haber sumado Kioto, sino haber dejado vacía la silla de Delhi. Un país que solo participa de las alianzas que aceleran, y se ausenta de las que discuten límites y reglas comunes, corre el riesgo de recibir mañana las normas de gobernanza de la IA que otros escriban por él.
La respuesta no pasa por elegir un bando. La Argentina puede y debe aprovechar los incentivos de Kioto para atraer infraestructura, financiamiento e intercambio científico. Pero tiene que hacerlo aplicando, de manera soberana, los «anticuerpos éticos» que propone Magnífica Humanitas.
En este sentido, la verdadera soberanía tecnológica del siglo XXI no consistirá en elegir entre el freno y el acelerador. Consistirá en capturar el capital de la superinteligencia sin entregar la custodia de lo humano.
Por Fabián Ruocco, director ejecutivo del Instituto Argentino de Inteligencia Artificial (INARIA) y coautor de «Humanitas. Propuesta de un camino compartido» (Fripp Editor).