No suelo enredarme en discusiones públicas, pero este tema toca algo que conozco profundamente. Combina mi formación como docente en ciencias de la computación -ingeniería de software, IA y otras áreas-, mi experiencia al frente de una empresa de software que intenta innovar junto a sus clientes en América Latina y Estados Unidos, donde trabajo con cientos de programadores (much@s de ell@s más inteligentes que yo).
Llevo muchos años observando de cerca la evolución de esta industria, y por el rol que hoy ocupo en ella, siento cierta responsabilidad de opinar cuando aparecen estas discusiones.
Cada vez que surge un avance tecnológico disruptivo, aparecen esta suerte de falsos profetas, tienen micrófono y opinan, a veces a boca de jarro, para decir algo. Con la IA generativa, el turno les tocó a los desarrolladores Junior. “La IA los reemplaza”, dicen, “Ya no tiene sentido contratar juniors”, y lo dicen con una convicción que impresiona, considerando que están mirando solo una parte del cuadro.
Ya vivimos una versión parecida de esta discusión. Hace algunos años, much@s repetían que con un curso de programación de 200 horas cualquier persona iba a conseguir trabajo rápidamente y hacerse millonaria. Esa narrativa no apareció por casualidad: respondía a políticas públicas que necesitaban mostrar resultados rápidos, a empresas que querían más gente usando sus plataformas, a negocios educativos que crecían alrededor de esa promesa, y a una ola cultural enorme de “FOMO” tecnológico. Y aun así, algo muy bueno ocurrió: cientos de miles de jóvenes en LATAM dieron su primer paso en el mundo del software, y a much@s les cambió la vida. La profesión de programador como motor de ascenso social se destacó por sobre muchas otras disciplinas.
Pero decir que en unas semanas alguien se convierte en programador profesional fue, siempre, una falacia, también, en general dicha por personas que no sabían programar y poco les interesaba sentarse a hacerlo. El desarrollo de software es una disciplina profunda, y la diferencia entre un programador excelente y uno mal formado puede ser enorme: hablamos de personas que llegan a ser 10, 20 o hasta 30 veces más productivas que otras (y más también).
La pregunta “¿Junior sí o Junior no?” está mal formulada. Y una pregunta mal formulada siempre lleva a una respuesta equivocada.
En los grandes proyectos de innovación que es el territorio que conozco mejor desde Epidata, la estructura de equipos está cambiando. Antes era una pirámide con muchos juniors abajo. Hoy esa pirámide se achicó y se parece más a un rombo. Menos posiciones en la base, más concentración en los perfiles medios y altos.
¿Eso significa que los juniors desaparecen? No. Significa que ese tipo específico de proyecto los necesita en menor proporción. Y ahí está la trampa: cuando alguien habla solo desde su mercado -el de los grandes proyectos corporativos- generaliza una tendencia parcial como si fuera una ley universal. Son visionari@s con miopía: fascinad@s por herramientas nuevas, pero sin comprender del todo cómo funciona el desarrollo de software a escala, se dejan llevar por la emoción y por ese impulso tan humano de no querer pasar por desinformados.
La IA no extingue a los juniors. Los relanza. Y de una manera que, si lo pensamos bien, es bastante más estimulante que la que tenían disponible hace diez años.
Hoy, con herramientas como Cursor, Copilot o Claude Code, ese mismo profesional puede estar resolviendo problemas reales desde el primer día. No problemas complejos; problemas simples, acotados, concretos. Pero que funcionan. Que tienen impacto. Que generan aprendizaje real en contexto de uso real. Es increíble y hermoso, incluso para quienes formamos ya parte de esta historia de la programación y sabemos cómo funciona por dentro.
Dicho todo esto, hay una trampa simétrica en la que no quiero caer: romantizar el rol de la IA como solución mágica. Estamos en una etapa de adopción acelerada y forzada, con errores visibles, problemas de seguridad, deuda técnica y sistemas que en unos años habrá que mantener, escalar, proteger y evolucionar. Ahí vuelve la realidad: desarrollar software serio -software enterprise- es profundamente complejo. La IA no elimina esa complejidad. En ciertos aspectos y mal usada la amplifica, y mucho más cuando “programa” alguien que en rigor no sabe programar.
La IA no reemplaza a quien sabe. Reemplaza a quien deja de aprender. Y hay una diferencia enorme entre un junior que usa la IA como palanca para entender más rápido, y uno que la usa como atajo para no comprometerse a entender nada. El primero va a ser un senior formidable. El segundo va a hacer lo mismo toda la vida, solo que más rápido y mas torpe, un elefante en un bazar.
El mundo es infinitamente complejo, y el software intenta modelar ese mundo. Eso significa algo muy simple: siempre habrá más cosas por programar. Como dice Sam Altman, “el mundo quiere 100 o hasta 1000 veces más software”. El que hoy deja de apostar por juniors, mañana se queda sin seniors. Los seniors de 2032 son los juniors de hoy. Y si los sacamos del sistema porque “la IA los reemplaza”, en unos años vamos a buscar talento senior en un mercado donde nadie tuvo la oportunidad de formarse.
La industria del software va a seguir necesitando juniors. El mercado va a seguir necesitando juniors. Lo que cambia es el tipo de proyectos en los que van a trabajar, las herramientas con las que van a aprender y la velocidad a la que van a poder generar valor. Todo eso mejora, no empeora.
La pregunta correcta no es “¿Junior sí o Junior no?”. La pregunta correcta es: ¿cómo formamos juniors que sepan usar la IA para aprender más rápido, sin usarla como excusa para no aprender?
Esa conversación sí me parece productiva.
Por Valerio Adrián Anacleto, CEO de Epidata








