Durante los últimos años, gran parte de las conversaciones sobre continuidad del negocio y resiliencia organizacional han estado marcadas por los ciberataques, la indisponibilidad de plataformas y las fallas tecnológicas. Y tiene sentido. La dependencia digital de nuestras organizaciones es enorme y sus interrupciones pueden generar consecuencias significativas.
Pero mientras fortalecemos nuestras capacidades para responder a estos escenarios, es importante preguntarse si no estamos dejando en segundo plano otros riesgos que también tienen el potencial de paralizar completamente una organización.
El cambio climático, los incendios forestales, las inundaciones y las amenazas geológicas nos obligan a reconsiderar los escenarios bajo los cuales estamos diseñando nuestras estrategias de continuidad. Y aquí surge una pregunta fundamental: ¿estamos evaluando los riesgos a partir de las condiciones actuales de nuestro entorno o seguimos confiando en escenarios históricos que podrían haber dejado de representar nuestra exposición real?
Desde la gestión de riesgos y continuidad del negocio, tenemos una oportunidad importante para ampliar nuestra mirada. No basta con tener respaldos de información, sitios alternativos tecnológicos o procedimientos de recuperación de sistemas. También necesitamos preguntarnos qué ocurriría si una instalación queda completamente aislada, si nuestros colaboradores no pueden desplazarse, si un proveedor crítico se encuentra en una zona de desastre o si debemos evacuar a cientos de personas, incluyendo clientes, pacientes o usuarios, en pocos minutos.
Esto implica revisar nuestras evaluaciones de riesgos incorporando amenazas naturales y climáticas, analizar la exposición geográfica de nuestras instalaciones y dependencias críticas, fortalecer los mecanismos de monitoreo y alerta temprana y, sobre todo, entrenar capacidades reales de respuesta.
Debemos avanzar hacia ejercicios que pongan a prueba decisiones difíciles: evacuaciones horizontales o verticales según la amenaza; confinamiento temporal; comunicación con usuarios y clientes; coordinación con autoridades y continuidad de servicios esenciales bajo condiciones de aislamiento, entre otras. Porque una cosa es tener un procedimiento de emergencia documentado y otra muy distinta es comprobar que las personas saben cómo actuar.
La resiliencia no puede construirse sobre la premisa de que nuestro entorno permanecerá estable. Las organizaciones necesitan desarrollar una mirada más integral, donde la seguridad de las personas, la continuidad operativa, la tecnología, la infraestructura y la gestión de crisis funcionen como capacidades conectadas.
Lo ocurrido en Las Condes debería invitarnos a revisar nuestros mapas de riesgos, nuestros análisis de impacto y, especialmente, los escenarios que estamos dejando fuera de nuestros ejercicios. Porque quizás el próximo gran evento que ponga a prueba nuestra continuidad no comience con una alerta de ciberseguridad ni con la caída de un servidor. Quizás comience con una quebrada que se desborda, un camino que desaparece o un incendio que avanza más rápido que nuestra capacidad de respuesta.
Por Kattia Javiera Espinoza Reyes, Consultor Senior de Resiliencia y Ciberseguridad de Cybertrust